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¿Cómo nació el soplo?

Historia de la Filosofía I

Los primeros saberes

A la antropología no le queda más que esa región oscura donde el espíritu está, como se solía decir, bajo influjos siderales y terrestres. 

G.W.F. Hegel, "Ciencia de la Lógica".

Publicado: 2019-03-12

§0. De acuerdo con la tradición, Pitágoras de Samos (s. VI a.C.) inventó tres cosas: el teorema que lleva su nombre, la música y la palabra "filósofo". Naturalmente entendemos que la tradición no es "histórica" à la Leopold von Ranke, es decir, no la contamos en aras de reconstruir el pasado histórico como éste fue efectivamente. La tradición vive siempre en el presente y no busca jamás aislarse: ver en ella un puente con un pasado, con "el" pasado perdido, dice más acerca de quien se aproxima a ella desde afuera. Además, el único modo verdaderamente serio de entablar una conversación seria sobre la historia de las invenciones consiste en reconstruir con precisión la secuencia de patentes y estrategias de mercado asociadas a las cosas inventadas. Sin embargo, éste es un camino que no podemos tomar para las invenciones que acabamos de atribuir a Pitágoras: la inteligencia repudia que se puedan patentar los objetos matemáticos, los fenómenos musicales y los conceptos filosóficos, ni parece aceptable admitir que la difusión de éstos responda a una estrategia predeterminada para maximizar sus niveles de popularidad.

§1. Sin embargo, es perfectamente comprensible que alguien pretenda transformar la tradición en historia o, lo que es la misma cosa, sustituir patentes y estrategias con intuiciones geniales y taumaturgias. La explicación histórica conoce temporadas en las que domina aquello que Philip Kitcher llama chauvinismo deductivo: ante una premisa tan sólida como la autoridad de Pitágoras, la inteligencia se vuelve un criterio maleable y conduce hacia conclusiones que admiten la posibilidad, para estos tres casos, de invenciones puntuales; la posibilidad luego se vuelve necesidad cuando el historiador o la historiadora hacen que la convergencia cultural entre en el juego. En perfecta simetría, a las operaciones que corroboran la atribución retrodatada de las tres cosas a Pitágoras corresponden los antecesores; la terna pitagórica en la matemática babilónica (s. XVIII a.C.) y la formulación corriente del teorema en los Elementos de Euclides (s. III a.C.), así como el relato fundacional popularizado por Severino Boecio en el De institutione musica (s. VI d.C.) y las sorprendentes analogías entre ese relato y el del encargo legendario que Huang Di le diera a Ling Lun (s. XXVI a.C.); en cambio, que alguien se haya hecho llamar "filósofo" por primera vez parece ser el hecho que no converge. Es decir, parece que sólo en esta tradición hay alguien que no sólo sabe sino que declara un afecto personal por el saber (y por extensión también por aquellos que saben, el músico o el geómetra).

§2. Podemos hablar en general de nuestros afectos de dos maneras: a) podemos componer un relato auto-biográfico en el cual configurar literariamente nuestro amor (más o menos como hizo Dante Alighieri con su afecto por Beatríz); o b) podemos tratar de figurar en la re-composición que hacemos del relato auto-biográfico del ser viviente amado (volviéndonos para este compositor una suerte de correlativo objetivo à la Thomas S. Eliot). Naturalmente, sólo se puede tener un afecto personal por otra cosa viva, por algo en la medida en que sea algo que alguien haga; nadie puede amar algo que no yazca en el campo semántico de la vida. Los hombres que aman el saber han hablado siempre desde el punto de vista de sus afectos y, en ausencia de un catálogo de los afectos humanos, le dieron rango de patente al nacimiento de la filosofía en la Antigua Grecia. Con toda la sensatez filológica que tiene esta tradición, no se puede evitar constatar que el saber existía y estaba vivo antes que los filósofos lo amaran, con inusitada vitalidad entre los seres humanos que cantaban y calculaban desde tiempos inmemoriales.

§3. Tampoco es que se trate aquí de inmotivada iconoclasia: lo que buscamos es redimensionar la importancia de la filosofía griega antigua a la luz de lo que hoy sabemos sobre la proliferación de Homo sapiens sobre el planeta, para que así ella no brille sólo hacia adelante, sino que también hacia atrás. Parece un ejercicio de hagiografía, el discurso de los filósofos de hoy acerca de lo crucial que fue el pensamiento griego antiguo; para que la historia sea de la filosofía y no de ellos, hay que despersonalizar los afectos y, por ende, ver ese comienzo como si fuera un punto de llegada. No nos dimos cuenta un día que amábamos el saber, mas bien aprendimos a maravillarnos de nuevo del hecho que ya habíamos sabido tanto por decenas de milenios, desde que aprendimos a soplar en cañas de junco o en huesos de animales e imitábamos el andar atmosférico, desde que comenzamos a imaginar que nuestras marcas en la roca y en la leña se movían como las estrellas en el cielo nocturno. Podemos acomodarnos en un escenario evolutivo, por supuesto, pero entonces sólo nos explicamos por qué seguimos vivos: la música y la matemática tienen mucho que ver con ello. Pero nada impide que notemos la ausencia de una explicación para la regularidad más inquietante, aquella que surge cuando dominamos ergódicamente lo que sabemos hacer, cuando a partir del soplo comenzamos a querer una pneumatología, cuando a partir de las cuentas comenzamos a buscar problemas: ¿por qué queremos seguir vivos?  Sabíamos hacer música y sabíamos sacar cuentas,  ¿para qué necesitábamos la filosofía?


Escrito por

Paulo F. Lévano

Filósofo interesado en la historia de la ciencia y la tecnología, convencido de la inexistencia de problemas filosóficos genuinos.


Publicado en

Anónimo Jaranero

Matrimonios y divorcios entre la palabra y el sentido. El lector ideal de esta mula tiene un curso de historia de la filosofía por dictar.