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¿POR QUé BAILAMOS?

Historia de la Filosofía II

El pensamiento impuro

Una educación que no cree en milagros considerará estas tres cosas: cuánta energía se heredó, cómo puede obtenerse nueva energía, cómo puede el individuo adaptarse a las múltiples exigencias de la cultura colectiva.

Friedrich Nietzsche, "Humano, demasiado humano"

Publicado: 2019-03-17

§4. Desde este lado de la historia, la contemporaneidad, es muy difícil mirar a la antigua Grecia sin que el énfasis se coloque sobre la experiencia de los antiguos Romanos, que se constituye como un imponente centro de gravedad para el peso de las investigaciones históricas conducidas seriamente. Como prueba de ello, conviene recordar que entre las monografías históricas más importantes de la Ilustración figuran las Consideraciones sobre las causas de la grandeza y la decadencia de los Romanos (1734) del Barón de Montesquieu y la Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano (1776, 1781, 1789) de Edward Gibbon. En pocas palabras, podríamos decir que todas las caracterizaciones contemporáneas de la Antigüedad Clásica consisten en colocar la civilización griega en una trayectoria que lleva a su asimilación por parte de la civilización romana: se suele resumir esta tendencia en el célebre lema del poeta Q. Horacio Flaco, según la cual los Romanos fueron conquistadores algo brutos, conquistados a su vez y al fin por el encanto artístico del espíritu griego. Los antiguos Romanos, estando así las cosas, habrían completado con la conquista de Grecia una suerte de educación milagrosa, cogiendo de los Griegos una suerte de pensamiento puro que habría estado a la base de sus éxitos prácticos en lo relacionado a expansión y consolidación territorial. La filosofía, naturalmente, figura en este botín. Tenemos así una suerte de modelo ideal de lo que debería ser una cultura, ya que en Roma podemos ver los motivos por los cuales cualquier civilización prospera, tanto como los motivos por los cuales cualquier civilización entra en un proceso de disolución. El problema comienza cuando ponemos estos saberes, "saber prosperar" y "saber decaer", en el largo plazo de la historia de lo que se sabe, la larga duración de la que hablaba Fernand Braudel: hallaremos entonces más cómodo hablar de una transacción entre dos grandes tradiciones escritas, por encima de todo un panorama inmemorial dibujado por las ancestrales sabidurías de H. sapiens. En esta perspectiva, resulta que el aprendizaje de los Griegos se presenta como más alegre y jocoso respecto al aprendizaje de los Romanos. Se trata de concebir las artes griegas no como un inicio, sino como un punto de llegada.

§5. Buscar las raíces del pensamiento griego es una operación que requiere, más que ninguna otra, frialdad quirúrgica. Diseccionar el cadáver del mundo antiguo no puede hacerse con los ojos cerrados, trazando de memoria y confiando en saber lo que hacemos. Si hoy, gracias a la temporada post-estructuralista, sabemos que todo saber además de vocación científica tiene un intrínseco aspecto político, entonces podemos denunciar sin temor a equivocarnos todo enfoque histórico que reduzca intencionalmente la cosmovisión griega al materializarse de la pólis y del esplendor que ello estimuló en todos los ámbitos artísticos. La tentación es grande; sin embargo, caer en ella puede ser ocasión para encontrarse en muy buena compañía, en el caso de familiarizarse con los cortos pero eficaces estudios de Benjamin Farrington (Mano y cerebro en la Antigua Grecia, 1947) o los de Jean Pierre Vernant (Los orígenes del pensamiento griego, 1976). En ambos casos, tras la breve lectura, nos topamos con una apasionada idealización de la civilización griega, fundamentada en la sincera convicción de lo excepcional de dicha cultura en la historia. En el caso de Vernant, vemos atribuirle a los antiguos Griegos nada menos que el mérito de haber fundado los valores democráticos de la política moderna (y, por extensión, contemporánea); el autor lleva a cabo una investigación en el ámbito que, a decir suyo, podemos llamar "psicología histórica", cuyo objetivo consiste en aislar paulatinamente lo que podríamos definir, por analogía, la "mentalidad" de las civilizaciones históricas y de los individuos que participaron de ellas; de más está decirlo: el detallado estudio de esta "mentalidad" es prueba para Vernant de la ruptura de esquemas cumplida por la civilización griega con la conformación de la pólis entre los siglos VIII y VII. a.C., justo antes de la aparición de Pitágoras en esta historia. En el caso de Farrington, el enfoque excepcionalista está dirigido al pensamiento científico de los antiguos Griegos; se trata siempre de una aproximación a la mentalidad de la civilización, pero mediante un acceso diagonal: lo que Farrington hallaba asombroso de los antiguos Griegos, en particular aquellos que formaron parte de la Escuela de Mileto (VI s. a.C.), no era tanto la formación de una aptitud subjetiva (como en el enfoque histórico-psicológico de Vernant) sino la afirmación de una actitud objetiva, forjada en el desarrollo de un conocimiento técnico de las artes y sus distintos materiales.   

§6. Es evidente que Vernant y Farrington quieren subrayar el nacimiento de algo maravilloso en la antigua Grecia: el lógos. Los griegos, mediante el lógos, son capaces de tomar la palabra en un proto-espacio público, a la vez que pueden entender el proto-lenguaje de la naturaleza. El problema entonces es uno de honestidad intelectual: la excepcionalidad de los griegos subsiste sólo en virtud de la excepcionalidad de las civilizaciones que "descienden" de la cultura griega, teniendo como mediadores a la grandeza y decadencia de los antiguos Romanos. La centralidad del lógos en la historia de la filosofía es el producto de una constante siempre a la obra en la historia de las ideas, resultado de una contradicción ineludible entre querer tener un conocimiento histórico exacto del pasado y a la vez hacernos una razón del proyecto humanista que yace tras ese mismo proyecto; el humanismo, por supuesto, es una característica de la modernidad más que de la humanidad. Por nuestra cuenta, en el intento de escribir una historia de la filosofía que no preste el flanco a derivas etnocéntricas, preferimos ver la Edad Clásica y su religión olímpica como un parto más que como un milagro; no hay excepcionalismo por ende que supere la valla de lo que enseña la antropología, disciplina que hoy nos pide no encumbrar la autoctonía por encima de lo que efectivamente se observa. Seguramente, un aspecto importante del culto religioso griego implicaba una organización racional de la materia, aspecto que el paradigma clásico nos recuerda sin cesar cuando nos habla de la ausencia de escrituras sagradas y castas sacerdotales; pero esto no puede ser pretexto para ignorar lo que es propio de todo culto, su potencial sincrético en alcanzar compromisos con divinidades antiguas de territorios nuevos (cuyo proceso simétrico es descrito, por ejemplo, en el célebre artículo de José María Arguedas sobre el culto del agua en Puquio en 1956). A lo autóctono de los antiguos Griegos, mejor es preferir lo que en su cultura fue sublimándose poco a poco, sin poner suponer ni conceder, para la religión olímpica, una transición automática y milagrosa de lo mágico y lo supersticioso hacia lo puramente artístico. Hubo pues un matiz de lento y jocoso aprendizaje en el culto religioso de los antiguos Griegos, una ritualidad anterior al mito y, de consecuencia, anterior al lógos. Hoy por hoy, podemos afirmar sin tapujos que el gran mérito de Friedrich Nietzsche fue precisamente poner este aprendizaje en el núcleo de dicho culto religioso, para emprender la búsqueda de un pensamiento impuro que sucesivamente los humanistas se empeñaron en purificar.

§7. Para ser más precisos, hablamos del periodo que abarca la preparación y el efectivo dictado del curso universitario sobre el "servicio divino" (léase, "culto religioso") de los Griegos en Basilea entre 1875 y 1878. Con la paciencia del filólogo, Nietzsche desenhebra la operación excepcionalista de los humanistas, que en sus idealizaciones del periodo clásico greco-romano no daban puntada sin hilo; de dicho juicio no se escapaba ni siquiera su querido amigo Jacob Burckhardt, con quien sin embargo compartía la opinión que la religión de los antiguos Griegos estaba basada en una emancipación espontánea de lo espiritual. Pero nunca hubo dicha espontaneidad: todos las culturas de este planeta, antes de tener un arte que reflejara una dimensión espiritual y autóctona, tuvieron un servicio divino que consistía en adorar arboles, pintarse el cuerpo, gritar y cantar de manera intermitente: en pocas palabras, el soporte material de todo soplo antes de éste volverse pneuma, pneumatología. El sentido del culto religioso consiste en influenciar y exorcizar a la naturaleza a nuestro favor, no hacerle hablar la verdad ni transformarla en espacio político: en palabras del mismo Nietzsche, nuestros ancestros, tanto de los desnudos greco-romanos como de los calatos peruanos, buscaban imprimirle a lo natural una legalidad que era enteramente un juego nuestro, mientras que los muchos elogios del lógos ponen el énfasis sobre el haber tratado de llegar a conocer la legalidad misma de la naturaleza (humana y no humana) para poder conformarse mejor. ¿Y cómo era esta legalidad jocosa nuestra? ¿Cómo pensaba este pensamiento impuro? Con observaciones inexactas, con conceptos causales equivocados, con una memoria selectiva orientada hacia lo extraordinario, con una atención analógicamente motivada, con un impulso hacia el ocio y la inactividad.


Escrito por

Paulo F. Lévano

Filósofo interesado en la historia de la ciencia y la tecnología, convencido de la inexistencia de problemas filosóficos genuinos.


Publicado en

Anónimo Jaranero

Matrimonios y divorcios entre la palabra y el sentido. El lector ideal de esta mula tiene un curso de historia de la filosofía por dictar.