Historia de la Filosofía III
Las consecuencias de la escritura
Aquellos, cuyas palabras están compiladas aquí, eran llamados "sabios" por sus contemporáneos, e inclusive Platón los indicaba con tal nombre. En ese entonces, "sabiduría" significaba también habilidad técnica, o sabiduría de la vida, prudencia política: pero "sabio" — de manera absoluta, no aquél que lo fuera en algo específico y en otra cosa en cambio no — era quien poseía la excelencia del conocimiento.
§8. En realidad, hay un motivo muy preciso que nos empuja a olvidar el pensamiento impuro que está al comienzo de nuestro pensamiento puro. Es este mismo olvido el que lleva a invisibilizar las inmemoriales antigüedades del saber, a disimular que el lógos no surgió "en contraste con", sino que "apoyándose en" una cultura que sabía todo lo que sabía de manera sub-lógica, cantando y contando antes que pensando. Sucedió entonces que los antiguos Griegos dejaron de ser indígenas, o mejor dicho, su autoctonía dejó de ser algo vinculado a un territorio y aun idioma y se convirtió en algo universal. El excepcionalismo que animaba el humanismo de Burckhardt tiene que ser balanceado por la intuición filológicamente fundada de Nietzsche, que con esmero y dedicación halló en los poemas épicos que la tradición atribuye a Homero muchos gestos y costumbres desligados del culto olímpico, los cuales tenían que inspirarse necesariamente en ese servicio divino fruto del aprendizaje lento y jocoso de los Griegos, mestizos entre mestizos del Mar Mediterráneo: árboles sagrados, ídolos fenicios, divinidades monstruosas. ¿Qué motivó entonces la ilusión de un pueblo que milagrosamente obsequió la filosofía a la humanidad? Muy banalmente, podríamos transformar esta pregunta en la siguiente: ¿por qué nadie antes de Nietzsche leyó con atención los síntomas homéricos de una mentalidad arcaica, de un pensamiento impuro que precedía por mucho a la aparición del lógos y de la pólis? Sin tapujos lo afirmamos: porque la urgencia siempre había sido (y en muchos casos lo sigue siendo) la de ver en los antiguos Griegos, a través de la grandeza y decadencia de Roma, el inicio de todo lo humano (si por "humano" entendemos "lógico", es decir, "racional, blanco y adulto").
§9. Homero, junto con sus andares y su memoria, es la paqarina de la civilización occidental, que es técnica y democrática en el sentido propio de Vernant y Farrington. En su universo literario hubo lugar la emancipación, el desborde de energía, el choque entre la doctrina de la tierra y la doctrina del hombre; no se dio pues dicha emancipación por el abandono de una mentalidad arcaica y animalesca en favor de una cosmovisión refinada y humana, mas bien por haber alcanzado un equilibrio entre un plano mántico de semiósis y un plano heroico de semiótica, toda vez que en ambos planos se reconozca la dignidad de un pensamiento (puro o impuro, poco importa) y la imposibilidad de separar la trama de la actualidad de una textura que en cambio es gestual y general. En efecto, los poemas homéricos abren ante el lector contemporáneo una imagen del mundo griego que agota todas las categorías del espectro que hay entre lo "conceptista" y lo "culterano", de manera figurada por supuesto; podemos hablar de una caracterización enciclopédica abierta a una interpretación alegórica o simbólica, o sea, el germen de toda sagrada escritura. Con justo motivo, la religión olímpica escenificada en dichos poemas será la imagen de cultura oficial que recibirán los grandes sistemas filosóficos del Periodo Clásico (V y IV ss. a.C.), y en dicha cultura, en dicho universo se anidarán. Entonces, la lección de Homero hace a su vez comprensible el significado de declaraciones como la de Pitágoras: "yo soy un filósofo", "yo amo (soy amigo de) lo que se sabe"; en ese universo, los que saben y lo que se sabe son perfectamente distinguibles, están perfectamente encasillados en regímenes de visibilidad e invisibilidad, de manera tal que los primeros saberes se vuelven insignificantes y puede por ende el lector contemporáneo comenzar de nuevo, avizorar un nuevo comienzo a partir de biografías completamente nuevas.§10. No cabe en este espacio una digresión sobre el nuevo antropomorfismo que se inaugura con estos poemas y su relación con la dichosa emancipación homérica, especialmente porque no podríamos explicarnos mejor de lo que ya pudo hacerlo el filólogo Bruno Snell (El descubrimiento del espíritu, 1946). Nos basta con señalar que en el pasaje del rito al mito subsisten motivos suficientes para re-dimensionar el enfoque excepcionalista y dejar de atribuirle protagonismo a una fantomática "mentalidad" griega responsable de una invención puntual, la filosofía. Lo que nos obstinamos en llamar "excepcional" de los antiguos Griegos consiste en el hecho que ellos hayan delegado al soporte técnico de la escritura la gestión de la memoria: ante la obviedad que los antiguos Griegos no fueron ni los primeros ni los últimos, nos apelamos a la autoridad de Snell cuando sugiere re-calibrar los criterios que hemos visto en los trabajos de Vernant y Farrington y reconstruir la historia de la civilización griega siguiendo la vereda del pensamiento lingüísticamente condicionado, de la expresión (que en un cierto sentido también es mentalidad) literariamente caracterizada. La evolución espiritual de un pueblo es lo que nos debe de interesar, no su capacidad o incapacidad de volverse como nosotros. En todo caso, es posible sustituir la hipótesis de una invención repentina de la filosofía con el escenario de un parto lento y laborioso, que fue la transición de la memoria desde lo oral y ritual a lo escrito y mítico, de lo geográfico y mestizo a lo histórico e indómitamente autóctono.
§11. En fin, así como Snell puede seguir el descubrimiento del espíritu en las mutaciones experimentadas por el griego antiguo en los casi cuatro siglos que separan a Homero del Periodo Clásico, nosotros podemos seguir el origen de la filosofía como si ésta se hubiera revelado al pueblo elegido los filósofos: con esta analogía se pretende dejar bien clara la importancia de los Fragmentos de los Presocráticos, obra irrepetible por significado y esmero de los autores, el maestro Hermann Diels (1848-1922) y su discípulo cercano, otro maestro, Walther Kranz (1884-1960). Diels logró supervisar las cuatro primeras ediciones de esta "sagrada escritura" (1903, 1906² y reimpresa en el 1910, 1912³, 1922⁴), mientras que en el trabajo para las siguientes ocho ediciones le sucedió Kranz, cuyo último contributo fue la inclusión en la décimo-segunda edición (1966) de un índice analítico de nombres y vocablos que había dejado listo antes de emprender el último viaje; además, la quinta edición (1934 y reimpresa en el 1937) presentó la versión de la numeración DK que se usa hasta hoy. Ni el primero ni el último de su especie, el proyecto de Diels y Kranz balancea el destino irónico de una tradición histórica escrita que tiene sus albores en un corpus completamente perdido. Conocer la numeración DK es tan importante como saber citar pasos de la Biblia, o sea, es una importancia relativa, que depende de la tendencia de la memoria a recitar o a explicar; han habido autores que han extrapolado los fragmentos de algunos de estos filósofos para mirarles más de cerca: es el caso de Miroslav Marković con Heráclito (1967) o el de Solomon Yakovlevich Lurié con Demócrito (1970); tampoco han faltado proyectos que han buscado un nuevo arreglo seguido de nueva numeración, como fue el caso de La sabiduría griega de Giorgio Colli, cuyos tres volúmenes iniciales aparecieron entre 1977 y 1980. Tratándose de un nietzscheano empedernido, la recopilación de Colli comenzaba con Dioniso, con Apolo y con los Misterios Eleusinos (que veremos más adelante), para poner el énfasis sobre el momento de transición del rito al mito. Es francamente una pena que la muerte de Colli haya llevado a la forzosa interrupción del proyecto en el tercer volumen, dedicado a Heráclito, pero cuanto logró ver la luz de ello es suficiente para entender a DK en su real contexto histórico: reconstruir una ascendencia milagrosa construida sobre el cimiento de una tradición escrita, es decir, valorizar a como dé lugar la transición del mito al lógos.
§12. En efecto, y de manera muy parecida a la Biblia, DK lleva consigo un problema de "Fuente Q", cuyo significado en la actualidad es fundamental, puesto que no se puede caer en la simplicidad pecaminosa de pensar que la pérdida de un corpus equivale al escepticismo de su efectiva existencia, ni se puede tener mucha prisa en hilvanar reflexiones a partir de algo que no es más que madejas. Uno de los efectos de la aparición de DK en la práctica filosófica de hecho fue la proliferación de "regresos al origen", dado que la apariencia ordenada que da la numeración DK daba a los llamados Presocráticos un aura de inmortalidad, de existencia por fuera de la historia: a los pobres Diels y Kranz se les achacaba así la responsabilidad de suplir la diferencia de siglos entre el periodo interesado (VI y V ss. a.C.) y el periodo efectivo (I s. a.C. - I s. d.C.) en el que fueron recogidos todos los testimonios relativos a la sabiduría griega previa a los grandes sistemas más antiguos, es decir, el tiempo en el que vivieron nuestras "fuentes Q", los famosos doxógraphoi, que fueron bautizados de esta manera por el mismo maestro Diels en el contexto de otra monumental obra filológica (1879). Al igual que los padres evangelistas, los doxógrafos (literalmente, "escritores de opiniones") nos obsequiaron el canon, el modo de hacer particiones al interno del saber filosófico, la costumbre de llamar padres fundadores a los Presocráticos. Al parecer, un elemento que todos los regresos al origen del siglo pasado subestimaron, al apelarse a la autoridad de DK, fue la plasticidad literaria de dicha producción escrita, la incierta posibilidad de distinguir genuinamente entre doxografía y biografía; en ese sentido, se podría afirmar que DK no puede ser manipulado adecuadamente si se prescinde de la piedra de toque que da una idea del movimiento cultural en el cual todo el proyecto vio la luz: la fase madura de la mejor filología clásica alemana, origen de tantas conquistas conceptuales y de tantas confusiones en la misma medida, como sólo sucede en aquellos periodos en los que la investigación académica se vuelve el interés estratégico de una sociedad; por querer dar un ejemplo, mencionamos el imponente trabajo de Friedrich Leo, La biografía greco-romana según su forma literaria (1901). Tratar las fuentes de la filosofía antigua puede volverse una camisa de once varas: a lo largo de estas publicaciones, mientras dure nuestro interés formal por la antigüedad, veremos muchas patinadas, aunque haremos nuestra prioridad no hacer leña del árbol caído.